La genealogía del vapor (Parte II)

En el diluvio que cubría el planeta, los habitantes miraban entre murmullos y asombro a la nueva criatura, cuyo cabello se ondeaba en el cielo. Las calles se llenaron de agua por completo, destruyendo todo a su paso. Por otro lado, la enorme mansión nubosa donde residía la reina soportaba apenas la borrasca, se resistía con todas sus fuerzas a disiparse. Presurosos y alarmados, los Viajeros reunían fuerzas para enfrentar a la intrusa. Preocupados por la integridad de la reina, un grupo se quedó cerca de ella.

El cielo se veía mas negro que nunca. El arcoíris de fuego era escalofriante, las tres lunas del planeta tenían un brillo iridiscente anómalo. Diamandis lucía estupefacto por la destrucción del hermoso planeta que había conocido desde el nacimiento. Su reina, la mas bella criatura, fue la edificadora de esos lagos, ríos, las nubes y las casas. Este nuevo escenario ni siquiera parecía parte del mismo lugar. Mas no tuvo mucho tiempo más para reflexionar. El palacio se disipaba, algunos seres corrían, otros volaban, otros desaparecían. Todo sucedió rápidamente.

En ese momento, desatada la guerra, los Viajeros hicieron el llamado al Caballero de la reina para su protección. Tenía una alianza con ella para protegerla por la eternidad. Mas lo encontraron en un estado que no resultaba familiar. Con los ojos cerrados y sin señales vitales, lo llamaban una y otra vez sin éxito. Parecía encontrarse en un "estado de muerte", mas entre los pseudos era tan sumamente inusual que sin saber que hacer, lo consideraron fuera de duelo y lo dejaron yaciendo en el lugar. 

En ese instante, pusieron a Diamandis a cargo, debido a que era el segundo mas fuerte y el más apto para poner a salvo a Brisa. Este sin vacilar, la tomó de su manga, sacándola del castillo, llevándola a las costas ocultas de una playa.

"Su alteza, ¿A dónde desea hacer su siguiente viaje?"

El hada de vapor parecía temblar. Al fin, respondió con una suave y entristecida voz.

"Perdóname Diamandis... no puedo huir de esto."

Diamandis insistió: "Mi reina, por favor no lo haga. No la enfrente.

No sabemos que sucede, no la conocemos en absoluto"

En ese instante; ese ser apareció súbitamente, lanzó a Diamandis al agua, y tomó a la reina del cuello de su vestido. Diamandis, exaltado, no tardó ni una fracción de segundo en alcanzarla, tratando de arrebatar la mano de Rain de la reina. Su fuerza natural, por su entrenamiento, era inigualable, pero no le hizo un solo rasguño. Al ver lo que intentaba, intentó cortarle el brazo, mas el joven ya se había adelantado y aparecido otro punto cercano. Diamandis estaba muy nervioso, y con una expresión enloquecida, se desvaneció por unos momentos, y apareció, rompiendo el cuello del vestido. Recuperó a Brisa rápidamente, abrazándola cual tesoro, atemorizado y sobresaltado. Se transportó a un lugar subterráneo y revisó preocupado si ella tenía algún rasguño en el cuello, suspiró al ver que no.

Brisa seguía pálida como si estuviese congelada, y totalmente callada. Diamandis soltó su abrazo e intentó tomar su mano temblorosamente. 

"Mi reina Brisa, le prometo que la llevaré a un lugar tan lejano de aquí que ni siquiera ella, ni nadie más podrá alcanzar. Entonces allí podrá hacer una nueva vida. Juro volver por usted. Yo sé que su alteza ama a este mundo, y yo la amo a usted, más que a todo en mi existencia."

Diamandis aguardaba con los ojos abiertos de par en par, esperando la venia para realizar su sacrificio voluntario. Un lugar tan lejano como para ser inalcanzable requiere mucha energía, que por mucha voluntad que exista en el espíritu, es finita.

"Diamandis, mi querido Diamandis."

Brisa se recompuso ligeramente y lo alcanzó, para consolarlo y tocó su cabello con cariño

"No puedo hacer eso. 

No es posible que coexistamos. Debo enfrentarla, para determinar quien puede realmente proteger este mundo. No hay un después... el tiempo corre.

Por el bien del mañana, y de todos, es un adiós."

Soltó su mano, y Diamandis, impactado, sintió la fuerza abandonar su cuerpo por el dolor y se desmayó. Brisa se alzó, desplegando sus celestes alas, donde esperaba Lluvia.

Ella alzó una enorme pared con el mar, bloqueando toda intervención de los continentes. Los nobles, preocupados por sus residencias, se desplazaban agitadamente tratando de salvar todo lo que pudiesen. Muchas otras especies neutrales como los viajeros, miraban con preocupación.

Destellos de luces, rayos, terremotos y las nubes arremolinadas giraban lentamente desde el lugar de la batalla. El enfrentamiento continuó por toda la noche, hasta que por la mañana, cayó la lámina acuática, como una especie de suave espuma que limpió todo el desastre de la noche. Las casas quedaron impolutas y el cielo adquirió un tono más vivo, y el mar de la misma manera. Así se dio la segunda purificación del mundo.

Salió de allí una triunfante Lluvia, llevando la cabeza de la reina Brisa en su mano izquierda. La cual mostró a todos los habitantes desde la altura. Con euforia y una sonrisa complacida, recitó:

¡Esta es la sucesión del alma! ¡A partir de ahora, soy yo quien está a cargo!. Levantó su espada, y algunos aparentes se escondieron. Algunas Luminarias y Ruidos la vitorearon.

Lluvia tenía todo el vigor e ímpetu para enfrentar a toda especie sobre la tierra de los Aparentes,  indudablemente la más fuerte. Lo primero que hizo fue atrapar a los viajeros, para adueñarse de sus poderes y hacerlos trabajar para ella. Su reinado ordenó y puso en raya a los nobles, y llevó nuevamente a los pseudos a un nuevo nivel de progreso. Durante este tiempo, una nueva especie apareció sobre la Tierra. A esta se les llamó por sus características "Meditadores", cuya perfección del intelecto superaba por mucho a las demás especies.

Continuará...


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