Genealogía del vapor (parte III: Era del Thinker)
Desde que apareció la figura del Thinker nada volvió a ser lo mismo en el planeta de los Pseudos. El primero de ellos tenía una figura masculina. Su cabello era hermosísimo, tanto como su rostro y cuerpo. Sus cejas bien constituidas, con mirada aguda, parecía haber sido dibujado por algún ser divino como el pináculo de su creación. Mas no solo limitado a esa magnífica presencia, sus palabras revelaban una mente incansable. Su presencia dejó cautivadas a las demás especies, quienes curiosos se reunían a su alrededor tratando de escuchar sus enseñanzas y observaciones sobre la naturaleza del mundo octodimensional, dejándole considerablemente caros obsequios.
Esto llamó la atención de la reina Rain, quien para ese tiempo, ya yacía comodamente sobre el poder. Su reinado, aunque cruel y censurador; fue superior al anterior en sus avances de tecnología, expansión de territorios y eficiencia del uso energético. Cualquier revuelta creada por los nobles era sofocada de inmediato. Rain sacrificó sanguinariamente a Luminarias revoltosas, tenía bien a raya a los Laberintos a quienes domesticó, los Enigmas practicamente erraban por el mundo en mutismo, escondiéndose en cuevas y en los lugares más recónditos fuera de su vista. La peor parte se la llevaron los Travelers, que en represalia, perdieron su libertad. Ahora condenados, Rain los había tomado como su pertenencia. Por supuesto que no había olvidado la participación de Diamandis que casi le cuesta la victoria contra Brisa. Intentó encerrarlo muchas veces, pero la cárcel que había construido para Diamandis no podía contenerlo por mucho tiempo. En ocasiones se dejaba apresar, permanecía sin decir nada, solo se quedaba tumbado mirando al suelo. Parecía pensar en algo con detenimiento y en ocasiones las lágrimas se escurrían de sus ojos.
"Diamandis...debería darte verguenza" dijo Rain mirando con disgusto al traveler
Los ojos de Diamandis expresaban tristeza, parecían vacíos. Dijo:
"Déjame, vete"
Rain siguió caminando a su alrededor
"El más grande de los Travelers. Así te llamaron alguna vez.
Intenté convencerte de quedarte, pero abandonaste los rehenes, tu propia especie. Deben odiarte mucho." dijo con una sonrisa socarrona pero con un tono muy grave.
La reina se acercó y dijo al oído:
"Hasta que no recuperes tus poderes no los dejaré libres"
Diamandis tenía el cabello azul suave, ahora había crecido bastante. Sus ojos claros tenían quemaduras en las comisuras. El susurró:
"Aquello... no lo olvidaré."
Rain salió sellando la puerta.
El éxito de el Thinker en la sociedad continuaba creciente, y fueron apareciendo uno a uno. La reina fue a verla en persona. Aquella declamaba en una plaza, lo más parecido a una bella muñeca autómata. El thinker habló con la verdad sobre el mundo y cantó en ciertos momentos acompañándose de un instrumento de cuerda que ella misma había construido. Después de los aplausos, cuando los Pseudos se disiparon, Rain abrió sus seis alas y voló con ligereza hacia esa Thinker que se encontraba trenzando hilos de lo que parecía un metal; y se acercó bloqueando su paso. La Thinker no se sobresaltó y apenas pestañeó, en cambio, la miró con un atisbo de curiosidad y seriedad. Por el contrario, Rain, aproximándose mucho más con auténtica confianza, se rió en voz alta, sin despegar la mirada. Después de todo el thinker era una rara criatura, vino de la nada. Sin apenas poder, tan solo el de su conocimiento. La altura de Rain era imponente, y su cabello vaporoso se ondeaba naturalmente hacia arriba con el viento. Su belleza no opacaba en comparación, mas esta se sentía irreal, a diferencia de la terrenal belleza de la recién llegada. Le dijo que decidió declararla un ser libre, pero que serviría a su reinado cuando se precise. Rain con notable fascinación en sus ojos, besó con malicia la mejilla de la criatura que en cierta manera y de manera muy remota se parecía a ella, pero en una forma mucho más débil.
Pasado el tiempo tenían: Un maestro, un estratega militar, una supervisora, y cada uno con un oficio diferente. Cada uno sobrepasaba en maestría a otros pseudos del rubro, al punto en que las comparaciones eran absurdas y solo eran usadas para el escarnio. El número se detuvo en menos de treinta. Ciertamente la cumbre del pensamiento eran ellos. Se podían permitir vestir con ricos ropajes y para enmarcar sus bellos rostros, usaban piezas de oro, trabajados de forma única por cada uno.
Influencia, riquezas, belleza, inmortalidad, intelecto... reunido en un ser, pero no duraría mucho. Pasado el tiempo, los pseudos comenzaron a odiar lo que en un principio adoraron con pasión. Fueron percibidos como esquivos y autocentrados, egoístas que no piensan más que en su bienestar. Más de un Pseudo deseaba con fervor los favores del Thinker y hasta alianzas con ellos por su enorme prestigio y la posibilidad de enriquecerse. Ver frustrados sus planes les encolerizó. Las brasas de su popularidad y riqueza molestaban ahora a los Pseudos. La reina, que aunque no comprendía las objeciones en contra de ellos y los consideraba menos que inofensivos, al final no pudo hacer caso omiso al descontento general, y decidió adentrarlos en su palacio, para el juicio de la corte.
"Atención." Carraspeó una luminaria en el albor de la mañana. "Ahora ajusticiaremos al mejor. Caballeros, presten atención."
Los ruidos emitieron fuertes zumbidos en señal de aprobación. Siguieron comunicándose animadamente entre ellos con ruidos blancos muy variados, aunque en la visión de las Luminarias no se les entendía mucho. Las plasma por su lado reían coquetamente. Los Laberintos, callados no decían palabra alguna. Y los travelers, aunque debieron ser parte del total de opiniones, fueron removidos de la sala.
A partir de ese momento, después de un tiempo de premeditación y deliberación entre especies, resolvieron con felicidad deshacer todo motivo de queja hacia ellos. Decidieron que cubran sus rostros para ocultar su increíble belleza y les dió a todos la estricta obligación de usar sus dones en favor de los pseudos, y nunca más para si mismos. Establecieron que sus interacciones estaban prohibidas a partir de ahora, porque facilitaban el complot y que las alianzas de ellos solo se permitían con las otras especies de pseudo. Su única manera de hablar sería por escrito con el permiso de la corte, y la única forma de interactuar era que se hagan reverencias a una gran distancia. De no cumplirlo, las consecuencias serían el encarcelamiento permanente o cualquier otro castigo que el juzgado crea conveniente. Rain aprobó esto sin pensar en las consecuencias, ya que los Thinker siempre podían acudir a ella por refugio y le agradaba la idea de ser su salvadora. Les gustaban mucho, demasiado, pero en una manera infantil. Es decir, no tanto como para ser responsable de ellos.
Estas medidas, caídas en oídos de los Thinkers, los disgustaron, e intentaron rechazarlas, inventando numerosos artefactos que burlaron el sistema de seguridad, mas al final iban siendo confiscados y destruidos en algunos miles de años, y ellos, apresados y perseguidos de manera exhaustiva, eran separados y escrutinados cada vez más, y más.
La era del apogeo del thinker quedó enterrada bajo el polvo con el paso del tiempo. Toda la magnificencia de sus artes se estancó. Y ahora sus hazañas solo eran estatuas abandonadas en la memoria colectiva. Los pseudos no quisieron darles crédito otra vez. Ahora dedicados a servir y agachar la cabeza, su corazón fue olvidado.
Rain, dejándolos atrás, continuaba con un gigantesco viaje hacia el centro de la galaxia con los travelers, construyendo esferas de Dyson para capturar energía. Sus viajes, bastante fructíferos terminaban con una alegre fiesta en la isla de la reina.
Allí podía tomar en su jurisdicción a los Thinker que habían desobedecido, cobrando sus libertades por semanas junto a ellos en su propiedad. Dentro, los vestía exquisitamente, les ofrecía baños perfumados y ungía sus cabellos en aceites de flores. Les pedía bailar, entretenerla y les ofrecía las cosas que siempre habían querido. Libros, herramientas, materiales, todo en cuanto querían. Rain disfrutaba verlos haciendo exactamente las cosas que les habían prohibido. Su arte y ciencia sólo era para sus ojos, les daba libre albedrío en creación y guardaba los resultados en sus bibliotecas privadas. Todo sin hacérselo saber a la corte porsupuesto.
Cuando después de 4 millones años culminó su obra, Rain decidió tomar un descanso en una isla nueva, y después de 10 mil años allí, fue donde vió una pequeña thinker que nunca había visto.
¿No era una alucinación de su vista?
La thinker tenía una presencia extremadamente fuerte, casi pareciendo un hada de vapor terrestre. Eso era imposible... ¿verdad? Los thinkers sólo tienen su mente de su lado. Nunca serían tan poderosos.
Continuará...
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