Leyenda no.1
La estación del metro estaba desolada. Dentro de ella, se percibía una querella de sujetos, que peleaban en su alrededor, pero tan lejano que se percibía como ruido. Las calles de la ciudad se empapaban con la lluvia, verdadera lluvia a cántaros. Sin embargo, la estación estaba siempre silenciosa. Alejada de todo.
En aquel mutismo, Jacarandá aguardaba un tren.
Sus dedos se cubrían unos a los otros de forma nerviosa y comenzaban a emanar un sudor frío.
De forma inesperada, su clara voz rompió el silencio.
«Realmente no hay nadie aquí... Ni una sola alma escuchando lo que digo. Hoy me di cuenta mientras esperaba. Y también, de aquello que mas temo, es eso, escuchar el tren acercarse.» Su voz firme hizo eco en todos los rincones.
Al regresar su voz a ella, Jacarandá parpadeó varias veces con una expresión meditabunda.
«¿Alguna diferencia hay si creo en algo o no, si no he dejado evidencia?» Sus palabras fueron repetidas por el vacío donde estaba varias veces. Continuó:
«No la hay. El pensamiento debe ser plasmado y devuelto al universo del que surgimos, tu y yo. Quiero que otro semejante lo sepa, así quedará algo mas que la repetición. El corazón del solitario debe dejar solo de resonar y también albergar a quien lo escuche. Eso deseo.»
Tras decir eso, Jacarandá suavizó su expresión. Caminó fuera del silencio, pasó donde peleaban los hombres, que no la notaron. La lluvia la empapaba. Todo aquello le hizo sonreír un poco. Cuando hubo avanzado, estaba en el bosque. Se quitó los zapatos. Se acurrucó tratando de consolar su cansado cuerpo y durmió por años, como una semilla.
En aquel mutismo, Jacarandá aguardaba un tren.
Sus dedos se cubrían unos a los otros de forma nerviosa y comenzaban a emanar un sudor frío.
De forma inesperada, su clara voz rompió el silencio.
«Realmente no hay nadie aquí... Ni una sola alma escuchando lo que digo. Hoy me di cuenta mientras esperaba. Y también, de aquello que mas temo, es eso, escuchar el tren acercarse.» Su voz firme hizo eco en todos los rincones.
Al regresar su voz a ella, Jacarandá parpadeó varias veces con una expresión meditabunda.
«¿Alguna diferencia hay si creo en algo o no, si no he dejado evidencia?» Sus palabras fueron repetidas por el vacío donde estaba varias veces. Continuó:
«No la hay. El pensamiento debe ser plasmado y devuelto al universo del que surgimos, tu y yo. Quiero que otro semejante lo sepa, así quedará algo mas que la repetición. El corazón del solitario debe dejar solo de resonar y también albergar a quien lo escuche. Eso deseo.»
Tras decir eso, Jacarandá suavizó su expresión. Caminó fuera del silencio, pasó donde peleaban los hombres, que no la notaron. La lluvia la empapaba. Todo aquello le hizo sonreír un poco. Cuando hubo avanzado, estaba en el bosque. Se quitó los zapatos. Se acurrucó tratando de consolar su cansado cuerpo y durmió por años, como una semilla.
Al despertar, un dios de ojos dorados le saludó por la mañana, dándole agradable calor al estrechar su mano: «Yo doy vida» dijo él.
Ella respondió: «Mi hogar es donde hay amor».
Como un eco, las palabras se escriben en un eco que se apaga y renace en profundidades de un amanecer.
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